Tras años de espera y una inversión millonaria, el nuevo terminal del Aeropuerto Internacional Jorge Chávez abrió sus puertas prometiendo eficiencia, tecnología y una experiencia de primer nivel. Pero su primera semana de operaciones ha dejado en evidencia que, más allá de la infraestructura moderna, aún hay serios problemas de accesibilidad, organización interna y logística operativa. ¿Estaba realmente listo para despegar?

El aeropuerto que lo iba a cambiar todo
A inicios de año, una visita anticipada por parte del equipo de Melvan al nuevo terminal permitió descubrir tanto sus fortalezas como sus puntos débiles. Desde ese momento, ya advertíamos que la modernización no sería lo único en boca de los especialistas y usuarios: el acceso al nuevo aeropuerto podía tomar hasta dos horas y media debido al tráfico y la falta de rutas adecuadas —tiempos calculados antes de su inauguración—. La entrada lucía vacía, sin señalización clara, y la distribución de las salas de embarque seguía un patrón confuso (A, C, B, D).

Eso sí, el interior prometía tecnología, una nueva zona gastronómica bajo el concepto “Lima Mundial” y marcas reconocidas. También se hablaba de eficiencia, rapidez en los controles y una estructura única con capacidad internacional, lamentablemente todo eso quedo en promesas porque la realidad es otro.

Las primeras semanas de la obra revolucionaria.
El 1 de junio, según un comunicado oficial del Ministerio de Transportes y Comunicaciones y Lima Airport Partners (LAP), el nuevo Jorge Chávez comenzó a operar oficialmente. Con ello, se confirmaron muchas de las alertas que no solo Melvan, sino también diversos medios de comunicación y especialistas en logística, habían anticipado: al menos veinte vuelos fueron cancelados debido a fallas en el sistema de abastecimiento de combustible, que aún se realizaba con carretas a baja presión. El MTC responsabilizó a LAP por esta situación y viceversa, señalando que no se cumplió con la implementación adecuada de la infraestructura de abastecimiento, según Infobae.

Además, las filas eternas y la desorganización marcaron los accesos y los controles migratorios. Usuarios denunciaron confusión por las señalizaciones, largas caminatas hacia las salas de embarque o espera, falta de transporte público directo, ausencia de rampas peatonales y taxis que duplicaban sus tarifas. Tanto medios como autoridades recomendaron a los pasajeros llegar hasta cinco horas antes para no perder su vuelo. Una ironía que confirma lo que se advirtió desde el inicio: la modernidad sin planificación es una receta para el caos.

Multas, críticas y el costo de la improvisación
Las consecuencias no tardaron en llegar. Según RPP, Ositran impuso dos multas por más de 3 millones de soles: una por las fallas en el sistema de abastecimiento de combustible, y otra por deficiencias en la torre de control y la señalización. A esto se sumó una sanción adicional por el uso de vidrios reflectivos inadecuados que podrían comprometer la seguridad.

Las críticas siguen siendo contundentes, y no solo por parte de los usuarios. El nuevo Jorge Chávez ha sido descrito como un aeropuerto sin conexión real con la ciudad hasta al menos 2027, según La República, ya que los únicos puentes de acceso —el puente Santa Rosa y la vía expresa— están previstos para facilitar la salida del nuevo terminal, pero por ahora siguen en etapa de planificación.

¿Qué viene ahora? El aeropuerto en su etapa de ajustes
La nueva infraestructura está lejos de ser un fracaso, pero el aterrizaje ha sido más accidentado de lo que se esperaba. Las autoridades aseguran que, en las próximas semanas, se afinarán detalles. Según Francisco Jaramillo en entrevista con RPP,el 15 de junio se conocerán los primeros resultados de las inspecciones a las nuevas instalaciones, realizadas por Ositran.

Finalmente, la lección es clara: un aeropuerto no se mide solo por sus pasillos brillantes o por sus cafeterías de marca, sino por la experiencia completa del usuario: desde cómo llega, hasta cómo sale. Y por ahora, esa experiencia sigue en construcción.

Una ironía que confirma lo que se advirtió desde el inicio, que la modernidad sin planificación es una receta para el caos.